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Hace 5 años, la noticia de un accidente fatal nos paralizaba. La pérdida de un esposo, un padre, un amigo, un vecino de Junín. Un hombre que volvía a casa cada viernes, desde su función pública como Ministro de la Nación, en la Capital Federal, porque para él, por encima de cualquier cargo o responsabilidad, estaba su familia, su hogar, su lugar.

Quienes lo conocieron de cerca recuerdan a un tipo cálido, sin poses, que te miraba a los ojos cuando te hablaba y te hacía sentir que lo que vos pensabas importaba. Esa humanidad no era la fachada del político: era Mario, simplemente Mario.

Fue tres veces intendente de Junín porque gobernaba con esa misma cercanía. Su gestión dejó una huella concreta: desarrollo local en todas sus dimensiones, desde la infraestructura y el medio ambiente hasta la cultura, el turismo, la igualdad de género y la modernización del Estado. Pero más que las obras, dejó una forma de entender la política. Su vocación por el diálogo no era retórica: era práctica cotidiana. Convocaba a actores de distintos espacios, impulsó escuelas de formación política abiertas a todos, trabajó con organizaciones apartidarias y construyó consensos donde otros solo veían diferencias. Entendía que una buena política pública no se impone: se construye. Que la diversidad de voces no es un obstáculo sino la materia prima de las soluciones duraderas. Esa capacidad de escuchar al que piensa distinto, de encontrar puntos de acuerdo sin resignar convicciones, era su mayor talento político.

Hoy ese talento duele por ausente. Vivimos un momento en que la comunicación política ha adoptado un registro bélico y violento, donde el adversario es un enemigo a destruir y el disenso se castiga con el escarnio. Escasean las voces capaces de contener, de dar certezas, de construir expectativas colectivas con honestidad. En ese desierto, Mario se vuelve más imprescindible que nunca. No como figura del pasado, sino como modelo urgente del presente. Su sensibilidad para interpretar la realidad, su visión clara y de largo plazo, su optimismo que no era ingenuidad sino convicción trabajada, y su audacia para tomar decisiones difíciles en tiempos de crisis: todo eso es exactamente lo que la política argentina reclama hoy y no encuentra.

El mejor homenaje que podemos hacerle no es solo recordarlo. Es aprender de su escuela. Seguir apostando al diálogo cuando todo invita a la confrontación; a la generosidad cuando la lógica es la voracidad egoísta; a la humildad cuando prima la farándula. Seguir creyendo que las políticas públicas pueden mejorar la vida de las personas cuando se diseñan con rigor, con empatía y con participación. Seguir construyendo, como él hizo hasta el último día, un espacio donde quepan todas las voces. Ese es el desafío que nos dejó. Y esa es la razón de ser de esta Fundación.

Te extrañamos, Mario. Hoy más que nunca.

Escribe: Maxi Berestein – Presidente Fundación Ciudad Abierta